Desde hace varias décadas se ha cruzado en mi camino la marca Apple y su provocativo fanatismo. En la década de los 80 porque una Apple Macintosh era la única computadora personal disponible en toda una dirección de UNAM y obvio, todos la querían. En en los 90 la era de los sistemas abiertos para las PCs, porque Apple permanecía como un nicho sagrado e intocable para el mundo de la impresión y tarde o temprano tenía que luchar con sus fanáticos para poder imprimir lo que necesitaba.
En esta década hasta mis amigos se han ido con Apple, aquellos que saben de la lucha por los estándares, los programas de código abierto y los dolores de cabeza por la interoparabiliad de los equipos. No sólo eso. He participado en reuniones en donde directores que no saben nada del asunto terminan hablando de las maravillas de su iPod o su interés por iPad, he sido testigo de cómo despachos -en donde la imagen es importante- se han decidido por la plataforma Macintosh, simplemente porque sus oficinas se ven mas “bonitas” aunque luego su gente tarde semanas en aprender a compartir archivos y mandar imprimir.
Apple complica mis relaciones interpersonales, complica mi trabajo porque sus productos son inclasificables y porque no usa la publicidad tradicional. Además mis amigos, mis clientes y hasta mis competidores terminan siempre presumiendo ante mis ojos uno de sus productos.
La verdad Apple, odio que tus productos sean tan diferentes que nadie permita su comparación, odio que tus usuarios te amen, odio que ahora seas de las empresas más cotizadas en los círculos financieros. Odio pensar que algún día me gustaría tener una iPod, IPad o una computadora móvil. Apple te odio… ¿o quizás no?